Zaluzhny, Syrsky y el punto muerto de Ucrania

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A finales de enero, entre rumores filtrados por el entorno del general y explotados por partidos opositores como el de Petro Poroshenko, alcanzó su punto álgido el enfrentamiento entre el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky y el comandante en jefe Valery Zaluzhny. Ese día, según publicaron los medios ucranianos, el presidente trató de forzar la dimisión del general, al que habría ofrecido una embajada, la británica, puesto que ahora parece haber aceptado. En apenas unas horas, Zaluzhny logró movilizar a sus partidarios, entre los que se encuentran grupos de extrema derecha como el Praviy Sektor, pero también Solidaridad Europea, el partido de Poroshenko, que ha utilizado su defensa del general como herramienta para criticar a Zelensky. Rápidamente, el rumor creció hasta hacer imposible para Zelensky presentar el cese como una decisión común por el bien del país. La rapidez con la que aparecieron las críticas y se extendió la defensa del general, que según los medios incluyó también a los aliados estadounidenses, protegió a Zaluzhny durante un tiempo, aunque su cese era solo cuestión de tiempo.

Dirigida por Andriy Ermak, mano derecha de Zelensky, la Oficina del Presidente, en realidad único gobierno existente ahora mismo en Ucrania, negó durante meses la existencia de conflicto entre las autoridades políticas y las militares. Sin embargo, el paso del tiempo, la desaparición de la euforia con la que Ucrania se encaminó a la preparación de la contraofensiva que debía luchar por la costa del mar de Azov y el pírrico resultado de la operación terrestre ensancharon la brecha. Esas diferencias fueron imposibles de ocultar tras la publicación en The Economist de un artículo en el que Zaluzhny valoraba con excesiva sinceridad los resultados de la contraofensiva, principal apuesta ucraniana para 2023 y cuyo fracaso ha acelerado los cambios que se están produciendo actualmente.

El discurso del entonces comandante en jefe pasaba por admitir implícitamente el fracaso de la operación terrestre en términos de resultados y aceptar la necesidad de cambios en la táctica, aunque sin poner en duda la estrategia. Zaluzhny pronunciaba unas palabras prohibidas que el Gobierno había tratado de evitar: la situación en el frente se encontraba en “punto muerto”, una fase de bloqueo en la que Kiev ya no podía alegar victorias imaginarias ni maquillar la falta de avances hacia Melitopol con acciones en la retaguardia. Tanto en el artículo publicado por The Economist en noviembre como el publicado por CNN apenas unos días antes de que se confirmara su cese, Zaluzhny se mantenía firmemente en la línea oficial de exigir más armamento a sus socios. En su primer artículo, el general demandaba, además de misiles de crucero y aviación occidental, drones, equipamiento para la guerra electrónica y desminado, pero también apoyo para crear una reserva estratégica. El planteamiento del comandante en jefe, al igual que el del jefe de Estado, fue siempre a largo plazo y bajo la premisa de continuar la guerra hasta la victoria militar.

Las diferencias tácticas de cómo luchar para conseguir el resultado se convirtieron en políticas desde el momento en el que la Oficina del Presidente percibió la amenaza de Zaluzhny, que no era peligro de un alzamiento militar ni de una exigencia de un cambio radical en la forma de hacer la guerra, sino el hecho de que la figura del general había conseguido hacer sombra a la del presidente. Zaluzhny ponía también en peligro la apariencia de unidad del establishment ucraniano. Durante meses, se había rumoreado hasta extenderse a la prensa generalista ucraniana y occidental que el comandante en jefe buscaba una estrategia que no implicara luchar hasta el final por objetivos escasamente estratégicos.

En ello, Zaluzhny parecía disponer del aliado más importante, Estados Unidos, cuyas autoridades militares filtraron repetidamente a la prensa lo inútil de continuar luchando, por ejemplo, por Bajmut tal y como defendía Zelensky. Tras la captura de la ciudad, Rusia encontraría el campo abierto para avanzar sobre Slavyansk y Kramatorsk, declaró Volodymyr Zelensky, manipulando la realidad para crear la necesidad de mantener la ciudad a toda costa. Aunque durante un periodo más breve, el discurso se repitió en relación con Avdeevka, uno de los fortines más importantes de Ucrania en la primera línea del frente de Donbass. Ambas ciudades han compartido un mismo destino: meses de lucha por mantener unas zonas urbanas inmensamente destruidas, grandes bajas y la voluntad de Zelensky de no detener el intento de defenderlas.

Tan insostenible como la posición de Zaluzhny al frente de las Fuerzas Armadas tras la publicación de su artículo en The Economist y su creciente popularidad, la defensa de Avdeevka resultaba inviable desde semanas antes de su caída final. A la desesperada, Ucrania envió a la ciudad a la Tercera Brigada de Asalto, la unidad de soldados de Azov comandada por Andriy Biletsky, que debía parar el avance por medio de una defensa activa que, en realidad, simplemente buscaba cubrir la retirada de brigadas como la 147ª, formada y equipada para la ofensiva de verano y que en lugar de asaltar Melitopol, se vio obligada a retirarse de Avdeevka ante el avance ruso.

No fue Zaluzhny, cesado apenas unos días antes, quien dio la orden de retirada de la ciudad -siempre alegando querer preservar las vidas de los soldados-, sino su sucesor, Oleksandr Syrsky. En él, un oficial instruido en la Federación Rusa, Zelensky ha encontrado exactamente el tipo de militar que estaba buscando: un hombre sin aspiraciones a intervenir en cuestiones políticas y capaz de aceptar sin fisuras el plan elegido por la Oficina del Presidente. Hombre leal, Syrsky defendió luchar hasta el final por Artyomovsk y no mostró reticencias a hacer lo propio por Avdeevka. Solo el inminente cerco bajo la artillería y la aviación rusas obligaron al general a cambiar de planes. Para entonces, la retirada organizada era ya el plan aceptado por el equipo de
Zelensky. En ambas batallas, el ahora comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania contó, como una de las bases de su táctica, con la brigada liderada por Biletsky, el Azov más político formado por soldados fuertemente ideologizados en la lucha contra Rusia. Pero incluso ellos huyeron rápidamente de la planta de coque de Avdeevka ante el peligro del intensivo uso de la aviación rusa. Ni Zelesnky, ni Syrsky, ni Biletsky podían permitirse otro Azovstal.

El cese de Zaluzhny, héroe de los primeros meses de la guerra rusoucraniana, y su sustitución por un hombre cuya principal virtud ha sido aceptar, sin fisuras, el plan exigido por las autoridades políticas independientemente de su lógica militar, es el cierre final de la ofensiva de 2023. Agotada muchos meses antes, la esperanza de una ruptura y la exageración de los mínimos avances ucranianos en el frente central fue artificialmente mantenida por el equipo de propaganda del Gobierno ucraniano, que siempre ha dependido de presentar éxitos para justificar la continuación del suministro de armamento, munición y financiación. De ello depende que Kiev pueda seguir insistiendo en su estrategia de luchar hasta la derrota final de Rusia, objetivo cada vez más inalcanzable ahora que las tropas de Moscú han recuperado parte de la iniciativa perdida. En ese objetivo, el principal enemigo es el punto muerto, la expresión que costó el puesto a Valery Zaluzhny.

Nahia Sanzo Ruiz de Azua

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