El círculo perfecto

Fuente: Wikipedia

El pasado 24 de junio mientras celebrábamos el solsticio de verano o la noche de San Juan un terremoto informativo sacudía el planeta. “La rebelión Wagner”, “el Golpe de Estado a Putin” atolondraba a medios y analistas.

Como es habitual en nuestra época, la vorágine explicativa inmediata era requerida con ansiedad. Sin reparar en la evidente falta de información y al margen de los hechos evidenciables (una columna de carros de Wagner se dirigía hacia Moscú y los paramilitares wagneritas habían tomado Rostov del Don), la “niebla” en argot analítico, arrastró a la mayoría de medios y observadores y explicadores compulsivos a la cada vez más común dinámica medioidiotizante de difundir inmediaidioteces al margen de que estas fueran meras especulaciones, fakes o deseos más que realidades.

Todo un universo interpretativo que basculó entre innumerables variables explicativas que nada explicaban. Algo desgraciadamente muy extendido en esta convulsa época hiperinformativa. Pero una semana después el balance situacional coloca todo en su sitio.

¿Qué ha cambiado realmente en estos siete días? Putin sigue presidiendo Rusia. El ministro de defensa, Shoigú, y el Jefe del Estado mayor, Guerasimov, acusados por Prigozhin siguen en su puesto y pese al motín, no han sido destituidos. Los frentes de guerra, estables y sin cambios reseñables. La contraofensiva ucraniana estancada. El proceso de integración de los Wagner en las fuerzas armadas sigue el curso que había comenzado ya. Las represalias anunciadas por Putin en su discurso de urgencia congeladas.

El único cambio real es el traslado de Wagner a Bielorrusia, la presencia de Prigozhin en Minsk y la revalorización de Lukashenko como figura proactiva. Por el camino quedan los rescoldos sobre el más que dudoso arresto de Surovikin (que compartía gran parte de las críticas de Prigozhin) y poco más.

¿Qué ocurrió realmente? Lo cierto es que, si la base de la rebelión son las críticas de Prigozhin a la institución militar y sus temores sobre la disolución de Wagner, son fundadas, pero quedan deslegitimadas desde el momento en el que opta por el motín.

Algunas teorías basándose en los únicos cambios reseñables, hablan de una rebelión señuelo para trasladar a los Wagner a Bielorrusia ante los morros de la OTAN. Pero lo verdaderamente incuestionable es que como en el 23F español de 1981, tendrán que pasar meses y años para conocer a ciencia cierta los objetos del acontecimiento, los papeles de los actores y los resultados de cual fuera la intención original, si es que la hubiera.

Mientras tanto seguimos presos de la desinformación basada en la inmediatez, la especulación y las mentiras premeditadas, olvidando la mesura, el concierto y el rigor.

Gabirel Ezkurdia Arteaga

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