11-S: “amortizado”

Imagen:wikipedia

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2023 transcurre como el colofón final a un periodo que nace el 11-S de 2001 y que se ha fundamentado por la utilización de la patraña como elemento legitimador de la hegemonía unilateral de EE.UU.

22 años después de los ataques del 11-S la emergencia de un nuevo orden multilateral ha hecho caer todos los subterfugios que trataban de justificar las intervenciones militares atlantistas.

El 11-S permitió la implementación práctica de la doctrina del Nuevo Siglo Americano (1998) que reflexionaba sobre la necesidad imperiosa del control de los recursos mundiales para neutralizar los efectos especulativos que la revolución tecnológica había producido en los mercados.

La futilidad de la economía financiera basada en parámetros virtuales preocupaba y era necesario tener bajo control los recursos, sobre todo energéticos, para contrarrestar las derivas especulativas de los valores irreales.

La convergencia entre el final de la Guerra Fría y la mencionada Revolución tecnológica de finales del siglo XX permitió que la unilateralidad triunfante implementase globalmente su modelo político y económico y cultural en el planeta. Pese a algunas resistencias, la única cortapisa era la vigencia de una lógica internacional basada en la diplomacia y el derecho consensuado que mediante la ONU regulaba las Relaciones Internacionales.

Durante la década de los 90 y con la excusa de la defensa de los DD.HH el intervencionismo se articulaba bajo mandato internacional. Ya fuera mediante cascos azules y las consiguientes ONGDs (Balcanes) o ya fuese mediante expediciones concretas (Somalia) todo devenía desde cierta legalidad aparente.

El 11-S permitió la desarticulación de ese farragoso y burocrático procedimiento e implementó desde la más extrema unilateralidad dos décadas de intervencionismo bajo la excusa de terminar con “el terrorismo”, un concepto genérico sin definición tácita.

Durante estas dos décadas han sido muchas las teorías conspirativas, y otras tantas conspiranoicas, publicadas en torno a aquellos ataques. Entre ellas, referente a la autoría de estos, siempre se ha afirmado desde bastantes sectores que en función del quid pro quo la Administración norteamericana no andaba lejos. Los hechos posteriores no desmiente esa sospecha.

El balance a 2023 es clarificador. EE.UU, la OTAN ( refundada en 1999 y vuelta a refundar en 2022) y sus aliados israelíes y saudíes especialmente han intervenido con la disculpa de la lucha contra el terrorismo yihadista en Afganistán, Irak, Libia, Siria, Yemen, el Sahel…y han desarrollado nuevas formas de guerra hibrida en países críticos con el orden internacional unipolar como Irán, Venezuela, Bolivia, Cuba, Corea del Norte…y ahora Rusia y China.

Todo el falaz discurso de la lucha contra el terrorismo que legitimaba ese intervencionismo por motivos espurios, que en el caso de Irak ha sido el más paradigmático, termina por diluirse tras la involución internacional contra los gobiernos de Libia, Siria o Yemen.

En el caso sirio, sin ir más lejos, los vínculos entre los grupos yihadistas, las tropas intervencionistas y el expolio petrolero demuestran que toda la doctrina antiterrorista que se derivaba del 11-S era pura hipocresía.

Cada vez son más claros y fundamentados los lazos entre ese “terrorismo” a combatir y sus enemigos. Sin entrar en el origen del movimiento talib (creado por CIA-ISI) en Afganistán o Pakistán, hoy “aliados” en el acoso a Iran, la financiación y logística de decenas de grupúsculos yihadistas en Oriente Medio y el Sahel como instrumentos involutivos es un hecho clamoroso. Los ataques aéreos norteamericanos como cobertura de las SDF en Deir Ezzor de estos días son similares a los que hicieron para proteger a los terroristas de ISIS de las SAA también en el este de Siria hace un lustro.

En 2023 hemos conocido varios casos de portavoces de EE.UU y de la OTAN que sin rubor han hablado claramente de la necesidad de justificar cualquiera intervención internacional en función de una lógica que debe imperar de modo supremo: “La Seguridad Nacional”. Es decir, si EE.UU entiende que está en peligro su acceso o control sobre los recursos de un tercer país o área, explicitan con nitidez su derecho a la fuerza para controlarlo. No existe derecho internacional que justifique esto, y la ONU, que murió en 2003 tras la invasión ilegal de Irak, no es más que un zombi deambulante.

Han caído las caretas. El 11-S cumplió su función. Justificar el intervencionismo espurio desde la “supremacía moral de las democracias ante el terrorismo”. Hoy ese terrorismo está instrumentalizado por estas para combatir el nuevo orden multilateral que se ha acelerado tras la Guerra de Ucrania. La unilateralidad agoniza, se ha quitado el disfraz de “buen samaritano” y ya cabalga como caballero andante. A cada cosa por su nombre.

Del 11-S solo se acuerdan las víctimas de unos ataques en los que ideólogos, artífices y ejecutores quizá fueran más de la mano de lo que pensamos.

Gabirel Ezkurdia Arteaga

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